Si los padres y las madres observamos cómo nos comunicamos con los hijos e hijas, veremos que utilizamos mucho el imperativo. Cada día reciben una enorme cantidad de órdenes: levántate, lávate, desayuna, date prisa, coge el bocadillo, haz los deberes, deja de ver la tele, recoge tus cosas, deja tranquila a tu hermana, vete a dormir...; esto, unido a que usamos las críticas, los sermones y los consejos, casi como únicos recursos educativos, lleva a que los hijos entren en confrontación, no escuchen o no nos hagan caso.
Vivimos en unos tiempos en los que existen más posibilidades económicas y, por tanto, más opciones de acceder a los bienes de consumo; esto, junto a otra serie de factores, han tenido como consecuencia que se haya puesto en cuestión la autoridad y los niños se resisten a aceptar las relaciones tradicionales de dominio y sumisión.
Cuando los padres percibimos que los hijos no nos hacen caso, seguramente ellos sienten que nosotros tampoco se lo hacemos, al menos de la forma que ellos necesitan. Entonces surgen las “batallas cotidianas” que se suelen vivir en las casas: los padres entendemos que los hijos tienen que obedecer y los niños demandan amor y consideración. A los padres y a las madres nos sale de nuestro programa de memoria las formas en las que fuimos educados de pequeños. Dichas maneras hoy no resultan posibles y podemos quedar atrapados; si utilizando la amenaza o el castigo conseguimos que nos hagan caso, ellos pueden vivir impotencia o resentimiento, con lo que las batallas continuarán; infundirles miedo tampoco parece un planteamiento educativo adecuado.
Precisamos cambiar el lenguaje en el sentido de mandarles menos y de no utilizar los tiempos de obligación: tienes que..., has de..., y sustituirlos por expresiones indicativas de que contamos con ellos y los consideramos importantes. Veo útil pedirles que nos escuchen, hablarles de la necesidad de su colaboración e informarles, dejando a un lado las críticas y los sermones. Expresarles que uno vive dificultades cuando ellos no hacen caso, aceptar que a veces uno no sabe resolver las cosas y escuchar sus opiniones, puede ayudarles a colaborar en la solución, pues ellos se sienten valiosos cuando los padres les tienen en cuenta. Llegar a acuerdos por medio de pactos, también tiende a dar buen resultado.
Fuente:c.a.r.
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