sábado, 29 de mayo de 2010

Ejemplo

Es ultra sabido que la potencia del ejemplo a la hora de enseñar es mucho más fuerte que discursos y sermones diarios. Esta norma es también válida para el profesor que educa a sus alumnos y debe procurar no olvidarla.

Cuando la profesora de sexto básico entró a la sala para su rutinaria clases de matemáticas algo le llamó la atención. Todas sus alumnas, sin excepción estaban chasconas, con los pelos parados, como si vinieran recién despegando la cabeza de la almohada. ¿Qué es esto?, preguntó sorprendida. Aunque la respuesta de la “vocera” del curso fue quizás poco respetuosa, le hizo entender que así era como ella solía llegar a hacer clases.

El hecho demuestra que el profesor no es un mero transmisor de conocimientos y sus alumnos no sólo son receptores del saber. Ellos están muy pendientes de quién se para al frente y tienen la agudeza de reparar en cada detalle. Es por esto que la autoridad debe ser muy consciente de que su persona y su actuar son permanentemente un ejemplo.

“Aún cuando el profesor cree que nadie lo escucha, los ojos de sus alumnos se posan en su persona”, escribe la educadora argentina Patricia Van Lanker en un blog de opinión que habla sobre la importancia de educar con el ejemplo.

Y aunque esto no es materia de estudio en las carreras de pedagogía, sí es muy importante detenerse en este tema y hacer un análisis al respecto. No es norma general, pero tampoco es raro encontrarse con docentes que reducen su trabajo a una especie de servicio rápido donde el alumno es casi un cliente a quien se le entrega la materia, como si fuera un producto y listo. Sin embargo, como escribe Patricia Van Lanker, cuando, por el contrario, el profesor ve en el alumno verdaderas personas que no han terminado de formarse, toma conciencia de su rol y no escatima en darse por completo y educar siendo un modelo.

¿En qué se fijan los alumnos?

El profesor debe tener muy en cuenta que en un alto porcentaje no educa por lo que dice sino por lo que es. Definitivamente no se trata de dar ejemplos, sino de ser ejemplo. Así, el respeto y la admiración que le tengan sus alumnos estarán garantizados por la coherencia que demuestre entre sus palabras y su accionar.

Muchas veces el profesor cree que por el sólo hecho de serlo tiene la autoridad ganada, sin embargo, la autoridad se obtiene con el prestigio que otorga el hacer bien las cosas. De eso los alumnos están muy pendientes y no sólo se fijan en cuánto sabe el profesor, sino que también en otros “detalles”, como por ejemplo:

  • Su modo de ser.
  • Su modo de trabajar.
  • Su modo de relacionarse con los demás profesores.
  • Su modo de ejercer la autoridad, la manera que tiene de sancionar, de premiar y de estimular.

Hay que recalcar que si bien no se debe esperar que el profesor sea el mejor amigo de sus alumnos, sí se nota cuando se gana el verdadero respeto de ellos. Ese respeto se obtiene por lo que el docente es capaz de transmitir en cada uno de los aspectos mencionados y no por el poder que tiene para aprobar o desaprobar una tarea o una conducta determinada.

Ejemplo v/s disciplina

Muy ligado a la idea de que el profesor debe ser un ejemplo de vida para sus alumnos, está la forma que usa para mantener la disciplina. Se ha desvirtuado mucho el fin de la disciplina y el profesor tiende a identificarla con el sólo hecho de mantener a un curso callado, completamente quieto y en donde no vuele ni una mosca que moleste. Pero, en realidad, la disciplina corresponde a la verdadera formación de las virtudes. Y en esto sin duda el profesor debe ser el primer ejemplo visible. Su apariencia personal, la puntualidad, el cumplimiento de los plazos, por ejemplo en la entrega de las pruebas, la caridad, la laboriosidad; en fin,…una larga lista de virtudes que debe hacerlas parte de su actuar para lograr la verdadera y preciada disciplina.

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