Se dice que los padres que fracasan no son los que se desvían del camino, sino los que no saben a dónde van. Es decir, los errores son válidos, pero no la improvisación. Los padres deben obrar sabiendo que están buscando lo mejor para sus hijos. Cada cual a su manera y de acuerdo a su personalidad, pero no puede haber dudas en eso.
Educar así, no sólo beneficia a los hijos, sino también a los padres, pues la principal consecuencia es la paz interior para ellos. “Cuando se tiene la certeza de que se está buscando lo mejor para el matrimonio y para los hijos se vive con tranquilidad y con espíritu sereno, sin preguntarse todo el tiempo si hicimos lo correcto o no”.
Corazón e inteligencia
Muchas veces los padres, con la mejor de las intenciones, toman caminos que no son los correctos. Es, entonces, requisito de la buena intención, usar la inteligencia para distinguir qué es lo bueno para cada hijo. También para pensar qué tipo de hombres queremos que sean. Esta reflexión permite a los padres encontrar el foco de su labor educativa y, por lo tanto, ser un frente no sólo bien intencionado, sino estable, seguro, que de verdad guía a sus hijos y saca lo mejor de cada uno de ellos.
“A veces, por actuar impulsivamente se arman problemas enormes”. Lo mismo ocurre cuando los papás no son capaces de mirar su labor y los efectos que sus actos van teniendo en la familia. “Cuando se educa, nada da lo mismo. Si uno se percata del error de inmediato es mucho más fácil enmendarlo que cuando muchos errores chicos han formado ya una avalancha o una forma de vida viciada”.
Observar permanentemente a los hijos es fundamental, pues en la educación pocas cosas son buenas o malas objetivamente. Dependerá de cómo es el hijo, de las circunstancias, de los papás… Más objetivas son las consecuencias que cada decisión o forma de educar tienen en ellos. Por lo tanto, hay dos principios rectores: primero, flexibilidad; y segundo, lo que los haga felices, está bien.
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