miércoles, 15 de abril de 2009

MINI HUMORISTAS

Escuche con atención los chistes de su hijo: son un barómetro de lo que pasa por dentro.

La primera vez que se escucha a un hijo contar un chiste, causa sorpresa. Más aún si el relato involucra juegos de palabras, ironías o metáforas. El repertorio engorda rápidamente y los chistes son un índice del sentido del humor del niño. A su vez, este sentido “puede decir mucho sobre el nivel de desarrollo de un niño, así como la confianza en sí mismo, sus habilidades y su pensamiento creativo”, dice el psicólogo norteamericano Louis Franzini, en su libro “Niños que ríen: cómo desarrollar el sentido del humor de su hijo”.
La psiquiatra infantil Flora de la Barra y la educadora de párvulos y psicopedagoga, Paula Riesco concuerdan con el Dr. Franzini y destacan que el sentido del humor de un niño es un barómetro del desarrollo de su pensamiento, su estado de ánimo y su relación con los demás.

Desde lo absurdo hasta los gallegos
El primer acercamiento del niño al humor no son los chistes, sino las situaciones divertidas, en especial las absurdas. La risa aparece ante todo lo que no tenga sentido, como por ejemplo, una lámina en que salga un hombre comiéndose un zapato.
Como “Humbertito”, el personaje cómico, el niño trata de entender los chistes, pero su pensamiento es demasiado concreto y no es capaz de captar las ironías. Toma todas las cosas en serio y no comprende ni las bromas ni las metáforas. Pero alrededor de los 6 años, empieza a entender el humor, a gustarle los chistes y querer contarlos.
Al principio, el niño cuenta los chistes en forma ineficiente, se demora mucho en hacerlo y no logra llegar a la parte divertida. Se pierde lo inesperado o la sorpresa y los relatos no tienen gracia. Sin embargo, con la práctica y a medida que el niño va creciendo, adquiere la habilidad de contarlos bien y provocar risa.
Asimismo, los chistes se van sofisticando, aumentan los personajes y las escenas. Aparecen los de personas de distintas nacionalidades –“había un alemán, un japonés y un chileno”- y los de gallegos aunque ninguno sepa dónde queda Galicia.

Lo que dice el sentido del humor
La popularidad de los chistes se debe a que son percibidos como un juego. Pero éstos sirven para desarrollar el pensamiento y practicar situaciones de la vida diaria. Es como un juego de lenguaje y de conceptos.
El interés por los chistes son un reflejo de varios ámbitos de la personalidad de un niño; en ese sentido, el humor:
- Señala el nivel de desarrollo de su pensamiento. La doctora Flora de la Barra explica: “La última etapa del desarrollo pragmático del lenguaje en un niño -cuando el vocabulario y la estructura de la frase están completas- es la comunicación social más sutil. Contar un chiste o escucharlo corresponden a esta etapa”.
- Paula Riesco destaca que un niño que es capaz de contar un chiste tiene un nivel cognitivo más elevado porque este relato tiene un inicio, un desarrollo y un final. “El chiste al igual que una historia, tiene una cronología que tiene que ser respetada, pierde toda la gracia si se empieza por el final. Hay que tener un orden mental para poder contarlo, no equivocarse y además provocar risa”, dice la educadora.
- Requiere tener buena memoria, para ser capaz de retener todo el chiste porque si falta una parte de él, no hay un final chistoso. Además, para entenderlo se requiere de agudeza mental y de cierta picardía.
- Permite conocer mejor la personalidad de un niño y su estado de ánimo. “Considero que la risa es tan importante que le pregunto a los padres hace cuánto tiempo que su hijo se ríe a carcajadas o que se cuenta algo divertido en la casa”, cuenta Paula Riesco.
- Refuerza la autoestima. El pequeño humorista disfruta al ver que produjo sorpresa y risa en su audiencia. “Un niño que cuenta un chiste demuestra que se siente capaz y de que se siente bien consigo mismo”, dice la doctora de la Barra. Añade que pasa a ser una habilidad como ser bueno para el fútbol o para las bolitas.
Según Paula Riesco, los niños más desinhibidos son los que cuentan los chistes, mientras que los más temerosos definitivamente no se atreven. “Esto es porque se corre un riesgo, que es que la audiencia no se ría”.
- Logra aceptación social y popularidad. El pequeño humorista consigue sobresalir entre sus compañeros y ser admirado, atrae la atención de todos durante el tiempo que dura el relato y además los sorprende con un final inesperado.

El humor se educa
El Dr. Franzini además de descubrir que el humor puede decir mucho sobre el desarrollo de un niño en los más variados ámbitos, concluyó en sus estudios que los padres son los responsables directos de que un niño tenga buen humor o no. Para eso propone que los progenitores bromeen y les cuenten chistes a sus hijos, que compartan incidentes divertidos del día a día y que ante todo demuestren buen humor frente a los desafíos.
“Se nace con la potencialidad para tener sentido del humor, se va desarrollando en la medida que el pensamiento y el ánimo lo permiten”, explica la psiquiatra infantil. Agrega que los padres pueden comunicarse con los hijos a través del humor y éste es un legado para toda la vida, pues es una herramienta extra para desempeñarse bien. Y concluye: “Ser capaz de reírse de uno mismo y de los errores que se cometen ayuda a seguir adelante y resolver situaciones conflictivas”.



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